Vandana Shiva: “Hoy la revolución empieza en la comida”

Con 64 años, la activista hindú expone los males de la agricultura industrial, la degradación del medio ambiente y explica la necesidad de cambiar nuestros hábitos alimenticios

 

“Diosa ecoguerrera”, “izquierdista reaccionaria”, “una de las siete feministas más poderosas del mundo”, “la rockstar de la batalla contra los transgénicos”. A Vandana Shiva (Dehradun, 1952) la han apodado de muchas maneras, desde que su lucha contra las corporaciones del agronegocio comenzó a expandirse por todo el mundo. En su último libro, “¿Quién alimenta realmente el mundo?”, redobla la crítica sobre todos aquellos que “envenenan nuestro cuerpo y a la naturaleza”.

¿Cómo se define usted?

Soy alguien que pone el alma en trabajar por la justicia social, la diversidad, la sostenibilidad y la libertad. Lo único que hago es intentar responder a los retos.

¿Se planta ante la corporación que hagan falta?

Cuando empecé a estudiar Física, pensaba que me pasaría la vida haciendo ecuaciones, encerrada. No quería tener ninguna relación con el mundo. Pero, a medida que vi cómo desaparecían ríos y bosques, cómo robaban el agua, se desató en mí la necesidad de actuar para la tierra y las personas.

Pone a aprietos a multinacionales del tamaño de Coca-Cola.

El Día Mundial de la Madre Tierra del 2002, una mujer de Plachimada, una pequeña aldea donde Coca-Cola tenía una planta, me llamó para contarme que les “robaban” 1,5 millones de litros de agua potable, de modo que tenían que caminar 16 kilómetros para conseguirla. Al llegar a la aldea, vi a 500 policías para contener a 100 mujeres. “Cuando vuelvas a Delhi, diles que quien bebe el refresco, bebe la sangre de mi pueblo”, me pidieron. Mi inspiración viene de esas mujeres que no olvidaron quiénes eran y qué relación tenían con la tierra. Su fortaleza es mi fortaleza.

¿Dejaron de “robar” el agua?

La planta cerró en el 2004. Soy de las realistas que cree que, en un lugar muy oscuro, una pequeña lámpara arroja mucha luz.

Hoy tiene unas 5.000 semillas autóctonas guardadas. ¿Recuerda cuál fue la primera?

Una de mijo, que aporta 400 veces más nutrición que otras semillas con el mismo volumen de agua. La planté y dio 2.000 semillas que distribuí entre los campesinos. La fecundidad del mijo hizo que las corporaciones lo descartaran y optaran por la soja y el maíz. Y, créame, sin semillas libres no tenemos libertad sobre lo que nos nutre.

¿Qué nos nutre?

La ciencia está avalando la tesis del ayurveda que dice que el alimento es la mejor medicina. Nuestro sistema digestivo tiene 300 billones de microbios. Si les damos el alimento correcto, y diverso, pueden cumplir su función. Los que están llenos de tóxicos, en cambio, provocan la actual explosión de alzheimer y autismo en niños (en EEUU cuna de los transgénicos, uno de cada dos menores será autista de aquí a 10 años). Del intestino parten las encimas que crean neurotransmisores, por eso decimos que es el segundo cerebro.

Cuando solo existía agricultura tradicional, la esperanza de vida era de 45 años.

¡La noción “esperanza de vida” es un constructo social! En aldeas remotas de los Himalayas hay comunidades que viven 100 años y solo ingieren alimentos locales. Hoy el 70% de las enfermedades están relacionadas con el intestino. Los alimentos industriales tienen un 60% de nutrientes menos, de modo que hay que comer el doble para obtener el mismo resultado. Hay que fijarse en las enfermedades crónicas.

La diabetes es una, y de momento la solución es la insulina, un transgénico.

La diabetes es un trastorno metabólico. Los tóxicos de los alimentos o la ausencia de micronutrientes desestabilizan el sistema autorregulatorio. Así que puedes enfocar la diabetes de dos formas: 1/ seguir comiendo mal y aplicar insulina, o 2/ nutrirse bien, con alimentos libres de químicos, para que el sistema se autorregule.

La agricultura ecológica representa el 1% de la producción mundial. Y 793 millones de personas pasan hambre.

La principal causa de que la mala comida sea la única comida es la existencia de un ‘cartel venenoso’ de corporaciones –Monsanto, Bayer, Dow, DuPont, Syngenta–, que tienen una base sólida en la arquitectura de la guerra. Y su control de las semillas tiene dos finalidades: cobrar por ellas y vender más químicos.“En 1987 asistí a una reunión en la que dijeron: ‘El futuro serán las patentes de las semillas y las vamos a imponer gracias a un acuerdo con la OMC’. ¡No podés infectar una planta con tóxicos y decir que la creaste vos! Las semillas son un bien común, no son un invento”.

Treinta años después sigo peleando para conseguir que esa mentira no tenga éxito. Primero controlan las semillas, luego los subsidios –reciben 4.000 millones de dólares, la mitad del presupuesto de la UE– y el comercio. Todo eso hace que el coste de producción baje, perjudique a los agricultores y destruya las economías locales.

Pero mientras tanto las grandes agroindustrias de EEUU y Brasil manejan el mercado.  

Si tenemos en cuenta el valor nutricional, los agricultores ecológicos producen más. Si dividimos el terreno de una fábrica de soja modificada para biocombustibles en pequeñas granjas, podríamos alimentar el doble de la población del mundo con alimentos de verdad. De lo contrario, comemos veneno y empeora el cambio climático. El próximo paso de Monsanto, que gracias a un satélite le puede decir al agricultor qué químico le conviene, será el control de los datos del clima y de las compañías de seguros. De ese modo el granjero no tendrá relación con la tierra ni con la comunidad. Ellos le venderán todo. Pero los granjeros no pueden externalizar su propia mente. La tierra necesita de su cuidado. Y el cuidado de la tierra no es el big data.

Frente a ese “totalitarismo” de las multinacionales, ¿por dónde pasa la revolución?

Hoy la revolución empieza en la comida. Justo en el momento en que un individuo dice: “Utilizaré esta semilla libre, voy a formar parte de los sistemas anónimos de distribución, crearé una comunidad basada en la alimentación”. Y eso será inevitable. La mala alimentación se ha globalizado. Nuestra salud y la del planeta requieren respuestas individuales.

¿Individuales?¿Con qué coste?

Coste cero. Deben unirse consumidores y agricultores, y crear mercados. Solo entonces el precio de lo ecológico dejará de ser un 30% superior al industrial y tendremos un aumento del 80% de la alimentación que ahora no está disponible, porque se han cargado la diversidad. Tenemos que dar cuatro pasos: 1/ recuperar la soberanía de las semillas; 2/ pasar de una industria tóxica a la ecológica; 3/ fomentar relaciones entre los que producen alimentos y los que los comen, y que los gobiernos dejen de subsidiar lo venenoso y apoyen a los mercados locales orgánicos.

Llevar a adelante esta batalla debe tener su consecuencias, intuyo.

Monsanto tiene una gran influencia en India con el algodón y hace cuatro años los llevé a los tribunales. Se pusieron muy agresivos, así que reuní a 10 amigos y les dije: “Si me pasa algo antes de que concluya el caso en los tribunales, les pido que lleguen hasta el final”.

Pero aún sigue de pie.

Sí, pero tocaron mis credenciales universitarias en mi perfil en Wikipedia para decir que era una mentirosa, que no soy científica. Mi hijo mandó mis diplomas y, un segundo después de corregir el perfil, volvieron a modificarlo. Pero la gran lección que aprendí de mis padres es no tener miedo. No lo tienen las mujeres de las comunidades.

¿Sostiene que el cambio solo puede venir de ellas?

Los hombres quedan atrapados en la seducción del mercado. La publicidad de Monsanto dice: “Hazte rico”. Pero cuando Monsanto ahoga a los agricultores en deudas, muchos se suicidan. Si hubieran hablado con sus mujeres, siempre pegadas a la economía real, habrían hallado la solución. Por eso sostengo que el tema de la alimentación es un tema de género. No desde el punto de vista de que el hombre es destructivo y la mujer, protectora, sino por la división del trabajo y el capitalismo patriarcal.

¿Usted qué come?

Puedo elegir entre 40 platos distintos con productos de nuestras granjas. El sabor es increíble, porque crecen en suelo orgánico. Una cucharadita de tierra contiene entre 100 y 1.000 millones de bacterias.

¿Y unas napolitanas del súper?

Huyo de cualquier alimento que provoque violencia en mi organismo. Nunca voy a un súper y mi cuerpo es muy, muy feliz.

Fuente: El Periódico / Foro Ambiental