Un dilema llamado Greta Thunberg

El rol y la discusión en torno a la activista sueca de 16 años que mueve multitudes dividen las aguas hasta límites delicados y términos despiadados que llevan, paradójicamente, a desatender la crisis ambiental a la que nos enfrentamos. 

 

Por Manuel Casado.

En primer lugar, habría que aclarar que los juvenilismos no deberían ser un motivo para conmovernos o romantizar per se. Pueden incluir tantas falencias y se les pueden ver costuras como a las generaciones adultas que dicen dejar atrás. O, incluso, esconder crueldades. Greta Thunberg no escapa a esta apreciación, lo que requiere mirar este tipo de fenómenos con mucho cuidado. Sobre todo a partir de su corta edad, la promocionada capa heroica con la que carga o – ¿por qué no? – las imágenes que exhibieron como un reality sus cruces con el escéptico climático de Donald Trump.

“Esto está todo mal, yo no debería estar acá. Yo debería estar en clase del otro lado del Océano Atlántico, pero no, vienen a nosotros por esperanza (…) Estamos en el comienzo de una extinción existencial y todo de lo que hacen es hablar de dinero y cuentos de hadas sobre crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”, disparó en la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York.

En un contexto de falta de respuestas de jefes de Estados y líderes en general, el fenómeno Greta ha traspasado fronteras y atraído como un imán a la juventud. Tras manifestarse a mitades del 2018 ante el Parlamento de Estocolmo y denunciar que los adultos no toman en serio el cambio climático, encabezó tres paros mundiales que convocaron a millones de personas a marchar en distintas ciudades para exigir medidas inmediatas e impulsó todos los viernes huelgas estudiantiles por el mundo, conocidas como “Friday for Future”. En el último, se produjeron más de 5.000 manifestaciones en 156 países. Un hito.

Ahora bien, podrán ser atractivos pero ensalzar discursos alegóricos y emocionales más allá de la cuenta no parecen ser el camino principal para enfrentar una crisis ambiental que requiere con mayor urgencia de respuestas técnico–prácticas. Greta, en varias oportunidades, ha acudido a estas formas para expresarse. Eso sí, con la juventud como movimiento, también ha puesto a la ciencia como firmamento. Podrá cuestionarse cuando no está al servicio humano, pero la comunidad científica tiene un fuerte consenso sobre el cambio climático y sobradas evidencias acerca del colapso del planeta. 

“Algunos han decidido no venir aquí hoy, algunos han decidido no escucharnos. No pasa nada. Ustedes no están obligados a escucharnos, al fin y al cabo, no somos más que jóvenes. Pero ustedes sí tienen el deber de escuchar a la ciencia. Es todo lo que pedimos: que se unan tras la ciencia”, dijo la joven sueca a fines de julio pasado, en la Asamblea Nacional de París.

En las últimas horas, tras la charla que brindó al mundo en la Cumbre de Acción Climática, su figura afrontó una nueva sobreexposición mundial. Esto envalentonó mucho a sus detractores. Se han asociado desde aquellos que la acusan de activista de ultraizquierda y a favor del neomarxismo global, hasta quienes aseguran que es la cara de una campaña de marketing del capitalismo verde o que busca instalar un consumismo eco-friendly. Incluso le atribuyeron un parentesco falso con el magnate George Soros. 

“Es una burguesa privilegiada que quiere vendernos el cuento del consumo ético”. “La financian las multinacionales del eco–capitalismo”. “Es una marxista cultural financiada por la ONU para instaurar la dictadura vegana comunista”. “Es una racista eurocéntrica que silencia a los activistas de las minorías étnicas”. “Es una socialista alarmista”. “Está manipulada por sus padres”. Esas fueron algunas de las afirmaciones que se trasladaron de un extremo a otro.

Pero, frente a la división de aguas, lo que no parece prevalecer en el debate público es que para tratar la cuestión climática es necesario ir más allá de la chica de 16 años, pese a que represente un rango etario que a futuro heredará las medidas que se tomen en el presente. Pocos parecen atender la magnitud de la exposición mediática de una menor, la responsabilidad que ha asumido con su edad al codearse con referentes internacionales y el poder multinacional y el posible costo personal que puede acarrearle lo generado en torno a su figura. 

Tiempo atrás, esta situación llevó a Félicien Bogaerts, activista belga, a rodar el cortometraje de ficción Anita, inspirado en Thunberg, sobre una adolescente activista que se ve sobrepasada por la presión. “Podemos admirar el coraje y la inteligencia de Greta, a la vez que criticamos las derivas del fenómeno mediático que se ha construido a su alrededor. También queríamos mostrar la violencia del sistema, que pone la carga de la lucha ecológica sobre los más jóvenes”, asegura el autor. 

Durante su última exposición en la ONU, Greta se mostró tan desbordada como angustiada. Uno de los momentos más álgidos fue cuando casi se topa con Trump, quien cree que el cambio climático es un “cuento chino” y conspira contra el Acuerdo de París. Casi porque el presidente de los Estados Unidos ni se tomó por aludido ante la mirada de indignación y las muecas de disgusto de la joven a un costado, imágenes que fueron captadas por un cronista. 

Ni bien se viralizaron, Trump dijo con ironía que “se ve que es una chica muy feliz”, a lo que Greta respondió poniendo en la descripción de su cuenta de Twitter “una joven muy feliz con un futuro brillante y maravilloso”. Ingeniosa o no, la disputa terminó por arrastrar la problemática ambiental otra vez a un consumo frívolo de masas. Como también fue obscena la utilización, a favor o en contra, de su enfermedad de Asperger. 

En una línea similar, la politóloga española Berta Barbet posiciona su preocupación. “El problema no es ni que Greta se quiera hacer oír, ni que sus padres le dejen hacerlo. El problema es que hayamos decidido darle toda la responsabilidad de esta causa a una adolescente, cuando hay organizaciones enteras que llevan tiempo diciendo lo mismo. Los miles y miles de estudios detrás de su rabia no merecían nuestra atención, parece”. Y en ese sentido, agrega, que “sinceramente tenemos que empezar a afrontar los debates desde antes y sin necesidad de que nadie se sacrifique por la causa”.

El mal desarrollo de la civilización y el cambio climático se han ido retroalimentando mutuamente. La decoloración de los corales de la Gran Barrera, la isla de residuos del tamaño de la Ciudad de Buenos Aires que yacen en el Océano Pacífico, la deforestación impulsada por explotación agrícola y ganadera en la Amazonia, la polución ambiental que reproducen las industrias de los combustibles fósiles, el derretimiento de los glaciares en Groenlandia, el aumento del nivel del mar y las olas de calor que han dejado regiones inhabitables, la caza furtiva en África o la pérdida masiva de especies de flora y fauna (1 de cada 8 están en peligro de extinción) son solo algunos de los casos emblemáticos que han sido objetos de estudio desde hace décadas. Sin embargo, recientemente han logrado colarse en la agenda internacional. 

“Algunos de los impactos devastadores ya son irreversibles”, asegura el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Pese a que afirma que “el mundo puede ser sanado”, cada vez más miembros de la comunidad científica sostienen que “podría estar fatalmente herido de negligencia en el año 2020”. Para evitar que el aumento en la temperatura del planeta supere 1,5 grados centígrados respecto a la era preindustrial, será necesario reducir las emisiones globales de dióxido de carbono en un 45% para 2030, según el grupo de investigadores de la ONU, en su informe de octubre del año pasado. 

Mientras la discusión se dé en el campo de la industria del morbo y la cultura del entretenimiento, iremos desviando la atención de lo central. Los problemas ambientales deben afrontarse en conjunto pero, sobre todo, con medidas eficientes y un progreso construido sobre la base del conocimiento científico y el pensamiento crítico. Ocurre, hay que decirlo, que esta parte no suele gozar de gran popularidad ni figurar en espacios de divertimento, lo que representa otro gran cuestión para las sociedades contemporáneas. Quedamos en jaque, una vez más.