Refugio Carayá: un santuario en el que los monos pueden volver a ser monos

A 11 kilómetros de La Cumbre y a unos 1400 metros de altura entre medio de las sierras cordobesas, sobrevive desde hace 23 años el único refugio para primates de la argentina y el único en el mundo que trabaja con el mono carayá.


Por: Cecilia Alfano

Foro Revista Nº 35

Yo los entiendo y ellos me entienden. Noto cuando un mono está deprimido o estresado antes que nadie, no se me escapa nada

El centro es el resultado del incesante trabajo de una historiadora, Alejandra Juárez, que mientras prepara las bandejas de alimento para los distintos grupos de monos expresa que, justamente porque no estudió biología, fue que creó el refugio: “Para mí no son números ni objetos de estudio, son seres vivos que merecen respeto”.
Mujer de unos 50 años, de baja estatura pero avasallante, de ojos claros y mirada intensa; cuenta con tonalidad cordobesa que siempre sintió especial conexión con los animales. Mejor incluso que con los humanos: “Yo los entiendo y ellos me entienden. Noto cuando un mono está deprimido o estresado antes que nadie, no se me escapa nada” señala, mientras apila bandejas aceleradamente, la misma mujer que, además de monos, crió tres tigres de bengala sin más conocimiento que el que le dio su instinto.
El centro es más bien el resultado de una serie de circunstancias que la consolidación de un proyecto pensado a largo plazo. En palabras de Juárez, “lo sentí como una obligación, si no lo hacía yo no lo hacía nadie”.
El destino se le presentó mientras realizaba su tesis doctoral sobre la historia del Zoológico de Córdoba, donde podía observar que los carayás que allí llegaban morían uno detrás del otro: Son animales que no se reproducen ni sobreviven en cautiverio. “Se estresan, se deprimen y mueren” dice mientras enciende, de nuevo, un cigarrillo. Su voluntariado en el zoo concluyó con la adquisición de 360 hectáreas de monte, cedidas por un alemán que creyó en su proyecto, a las que poco a poco fueron llegando más y más monos. Hoy son 190 los ejemplares que se encuentran en el refugio.

“Nos fuimos arreglando y agrandando a medida que llegaban monos desde distintos puntos del país” expresa Juárez, dejando entrever que, de forma casi improvisada, debió asumir una responsabilidad que nadie quería cargar.

En el centro no hay señal ni internet. El agua se calienta con calefón y las casas se iluminan con paneles solares. Los voluntarios, la mayoría entre 20 y 30 años, algunos cordobeses y otros de países tan diversos como Inglaterra, España y Brasil, arrancan sus tareas a las 10 de la mañana, a la par con los primeros rugidos de los carayá, que aúllan por la mañana y por la noche antes de irse a dormir, en un acto de reafirmación de territorio. Un grupo comienza a rugir y entonces otro grupo responde de la misma manera, y un tercer grupo se suma a la distancia, generando un zumbido cuyo volumen pareciera no dejar de aumentar. Y aunque solo dura unos minutos, es un sonido similar al del despegue de un avión. El mensaje del rugido es claro: “Este es mi lugar, no te acerques”.

Lo sentí como una obligación, si no lo hacía yo no lo hacía nadie

¿Cuáles son susprincipales amenazas?El avance de la tala indiscriminada producto de la urbanización, la ganadería y la agricultura, debido a la expansión del cultivo de soja.

Enseñar a los monos a volver a ser monos


“Cuando llegan al centro, su estado es alarmante. Llegan desnutridos, hipotérmicos, asustados, atados del cuello, algunos incluso con pañales o acostumbrados a tomar Coca-Cola. Muchos de ellos han vivido en jaulas muy pequeñas y ni siquiera saben subir a un árbol” explica Heredia.
Sus personalidades difieren, y mucho. Como sucede entre seres humanos. Algunos nunca llegan a rehabilitarse. Otros sí. Juan, que reconoce a cada uno de los 190 monos como si se tratase de hijos, explica las cualidades de cada uno. “Éste es Tarzán, un macho que no me puede ni ver, se ensañó conmigo, y si se escapa de la jaula me viene a buscar”. También está Juana, “excelente madre de una cría de dos meses, pero que no soporta a las mujeres humanas. Y Tita, una hembra adulta sumamente cariñosa, con quien todos los voluntarios se toman fotos”.

David, un voluntario español que vive en el refugio hace tres meses, cuenta la ocasión en que un mono lo mordió. “Yuri estaba nervioso. Los perros estaban cerca y ladraban, por eso mismo entré a su jaula a las apuradas. Se asustó al verme y me mordió. Debí hacerme unos puntos pero no fue grave. A los pocos días volví a su jaula para ver cómo reaccionaba ante mí, porque siempre había sido un mono muy cariñoso conmigo. Entré y vino a abrazarme. Me estaba pidiendo perdón”, dice mientras sonríe al mirar su mano, que todavía tiene una cicatriz rosada.

Los carayá conviven pacíficamente con otros 30 monos capuchinos rescatados de un laboratorio biomédico. En ambos casos, se han logrando nacimientos exitosos con segunda y tercera generación, pero el proceso de rehabilitación de estas especies es largo y su duración depende del carácter y la historia particular de cada ejemplar. La parte más compleja es la creación de los grupos de monos que serán liberados, porque como los humanos, tienen sus preferencias y sus rivalidades; es un proceso de prueba y error que puede durar años: se alterna a los monos en distintas jaulas, unos con otros, hasta reconocer sus afinidades y preferencias. Y ahí sí, una vez creado el grupo, se los libera en algún sector dentro de las 360 hectáreas del refugio, siempre alejado de cualquier otro grupo ya liberado.
El proyecto aún está concluyendo la tercera etapa del programa, que es la creación de un santuario del carayá en su ambiente natural (el noroeste) a donde se trasladarán a los grupos rehabilitados. “Una libertad controlada” dice Heredia, “porque dejarlos en libertad absoluta significaría volver a ponerlos bajo el mismo riesgo que los trajo hasta acá”. Los trámites para concretar el santuario en el Chaco el año próximo ya han comenzado, pero aún falta tiempo, y en gran medida, dinero.

Los ingresos del refugio son pocos y se valen del turismo (la visita guiada al refugio tiene un costo de 100 pesos por persona) de donaciones y del alquiler de algunas de las hectáreas del predio en donde pastan vacas. Por eso mismo, la ayuda de los voluntarios es esencial. Su trabajo dura hasta las 7 de la tarde y sus tareas son la limpieza, la cocina, las visitas guiadas y la alimentación de monos, algunos de los cuales se encuentran hasta a 4 kilómetros de distancia, a los que se llega luego de una larga caminata entre medio de pinos y eucaliptos, durante la cual deben cargar una carreta repleta de bandejas de alimento. La ayuda estatal es nula.

Como si el cuidado de 190 monos fuera poco, dentro del refugio también habitan 4 pumas y un buen par de vizcachas, llamas, burros, chanchos y cabras. A los pumas no se los puede liberar; son presa fácil de los peones de campo porque atacan el ganado. A partir del 2013, además, el Centro comenzó a alojar perros abandonados provenientes de La Cumbre. “En La reserva hemos encontrado familias para más de 30 perros, pero aún quedan más de 50 tratando de encontrar un hogar” explica Heredia.

Las amenazas


Su nombre científico es Alouatta Carayá y son los primates más australes del mundo y los más grandes del continente americano. Naturalmente habitan el noreste Argentino, por lo que su introducción en Córdoba ha sido una gran prueba de su capacidad de adaptación; éstas no son las temperaturas a las que están habituados. Además de ser sumamente territoriales, viven en grupos sociales organizados y jerárquicos al igual que la mayoría de los primates, en los que forman vínculos muy fuertes bajo el liderazgo de un macho alfa, encargado de la protección del grupo.

¿Cuáles son sus principales amenazas? En primer lugar, ese mismo motivo que ha llevado a que otras especies de primates como los chimpancés estén en peligro de extinción: el avance de la tala indiscriminada producto de la urbanización, la ganadería y la agricultura. Específicamente en nuestro país, debido a la expansión del cultivo de soja, que continúa avanzando en el norte de nuestro territorio y generalmente por medio de desmontes ilegales. Al refugio no llegan monos por este motivo, sencillamente porque no sobreviven.

En segundo lugar, el tráfico ilegal para su venta como mascotas; y es en este caso donde el refugio sí puede transformar la realidad de estos primates. El carayá es el mamífero más comerciado ilegalmente en el país. Se asesina a la madre y se vende a la cría por cifras insignificantes en comercios o en la ruta, y generalmente se las alcoholiza para hacerlas más dóciles a la hora de la venderlas. El proceso de captura representa en gran medida la personalidad social del carayá: “Al caer muerta la madre, otros monos de la tropa acuden en su defensa. A ellos también se los mata, para luego arrancar al bebé del cuerpo de su progenitora, siempre y cuando no haya muerto en la caída”, grafica Juan Pablo Heredia, profesor en Ciencias Biológicas, y encargado de la reserva desde hace 20 años.
“Estos bebés al ser primates también tienen necesidades físicas y psíquicas como las de un humano” expresa Juárez. Por eso, se estima que de seis crías capturadas sólo una sobrevive. Y si bien la venta, compra y tenencia de estos animales es ilegal, todos los monos del centro provienen del mascotismo. En la mayoría de los casos son los propios dueños los que acuden a la reserva cuando –finalmente– reconocen que es imposible tener de mascota a un animal salvaje, complejo y en gran medida posesivo como el mono carayá.
También hay una leve minoría de monos que arriba tras la intervención de la justicia, en caso de denuncia por tenencia ilegal. De cualquier forma, los trámites y los tiempos burocráticos de este tipo de procesos no siempre son los mismos que los que aguanta un mono, y por eso, muchos quedan en el camino.

Ausencia estatal


Si bien el carayá no es un animal declarado en extinción, si ha sido categorizado como “vulnerable”. De cualquier forma, según Juárez, tampoco hay estudios suficientes ni actualizados para determinar la situación presente del carayá. Lo que sí está claro, en su opinión, es que sus poblaciones van disminuyendo.

Desde el centro, a diferencia de lo que muchos podrían pensar, no se manifiestan en contra de los zoológicos sino a favor de mejorarlos. “La realidad es que a nivel mundial está habiendo una pérdida masiva de hábitat natural, lo que provoca que, en muchos casos, los animales se encuentren más seguros en zoológicos o santuarios que en libertad. Cerrar los zoológicos no es una solución para los animales, sino una medida cortoplacista que los lleva a que se encuentren en una situación peor. Al cerrar sus puertas ya nadie puede ver lo que sucede adentro y eso empeora sus condiciones de vida. La rehabilitación es costosa y extensa, habiendo casos en los que nunca se pueden rehabilitar” explica Juárez.
Y agrega: “Los santuarios y zoológicos deben trabajar en conjunto, nunca oponerse, ninguno tiene la respuesta absoluta a la problemática global de la fauna. La liberaciones no son fáciles, no es tan sencillo como sacar al animal de una jaula y devolverlo a su hábitat natural. En primer lugar porque muchos son “animales urbanizados” incapaces de adaptarse, y en otros porque su hábitat natural está en jaque, y liberarlos supondría un riesgo mayor”.

La primatóloga Jane Goodall, insaciable activista ambiental y principal portavoz de las campañas para salvar de la extinción a los chimpancé, que hace unos pocos años visitó la reserva y aún mantiene contacto con Juárez, ha creado justamente un programa llamado “chimpa zoo” desde donde intenta darle una vida más digna a los chimpancés en cautividad.

“Goodall, la persona que yo más admiro en el mundo por su experiencia, su conocimiento, su paz, pero sobre todo por su visión renovada del mundo y su apertura a los acontecimientos como van sucediendo, ha coincidido en que no todos los animales pueden volver a su medio natural. De cualquier forma, es innegable que los zoológicos que quedaron en el pasado deben reconvertirse o desaparecer” concluye Juárez.

Foro Ambiental

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