La Argentina cocacolonizada: salud pública vs bebidas azucaradas

Políticas de salud pública que no se aplican en el país más consumidor de bebidas azucaradas del mundo.

 

Argentina, el país número uno en consumo de bebidas azucaradas en el mundo, dejó pasar una oportunidad histórica. La estadística, que tiene a nuestro país al tope del ranking planetario, con un consumo promedio de 133 litros por habitante, no es para celebrar. Todo lo contrario.

Cada vez aparece más evidencia científica sobre el impacto del consumo de bebidas azucaradas, que aumenta el riesgo de un montón de enfermedades crónicas, de enfermedades cardiovasculares, de diabetes tipo 2, de hipertensión, de presión arterial; y también aumento de peso corporal, adiposidad y sobrepeso”, dice Lorena Allemandi.

A ella, como Directora del Área de Políticas de Alimentación Saludable de la Fundación Interamericana del Corazón (FIC Argentina), le tocó hablar con diferentes legisladores, a quienes les explicó la importancia de tener un impuesto a las bebidas azucaradas. “Buscamos promover política pública para prevenir enfermedades crónicas. La política impositiva en general es una medida efectiva, por eso fue muy frustrante ver que teníamos la posibilidad de ponernos a la vanguardia de muchos países que están avanzando en este sentido y después todo quedó en la nada”.

Pese a que en la previa a la polémica Reforma Tributaria de fines de diciembre desde el Gobierno se había confirmado el aumento en el impuesto a las bebidas azucaradas –medida apoyada incluso desde el ministerio de Salud–, finalmente se dio marcha atrás.

Era un impuesto de poca magnitud pero hubiera sido muy importante, ya que es una de las vías para la reducción del consumo. Nosotros estudiamos que si subís un 10% el impuesto a las bebidas, el consumo baja un 11 %. Con este impuesto, el consumo hubiera caído un 17%, que es muy poco, ya que lo que propone la Organización Mundial de la Salud (OMS) son aumentos mayores al 20%. De todas maneras esto no se llegó ni a discutir”, dice Raúl Mejía, quien estuvo a cargo del equipo interdisciplinario que llevó adelante el proyecto BASTA (Bebidas Azucaradas, Salud y Tarifas en Argentina), un estudio financiado internacionalmente para combatir las enfermedades cardiovasculares.

En nuestro país constituyen la primera causa de mortalidad (una de cada tres) y están íntimamente relacionadas con la obesidad y diabetes, dos de los principales factores de riesgo.

En dicho estudio se hace hincapié en el consumo de alimentos ultra procesados, entre los que se encuentran las bebidas azucaradas, un importante contribuyente a la epidemia de obesidad en el continente, y en particular en Argentina: el mayor consumidor de gaseosas en el mundo, y donde las ventas se incrementaron un 238% en los últimos 20 años.

El Estado (gaseoso y azucarado)

De todas maneras, agrega Raúl Mejía, “con el impuesto no alcanza, sino que tiene que acompañarse de otras políticas públicas que tampoco estaban contempladas, como son las prohibición de la publicidad y la limitación de acceso de los niños a este tipo de bebidas, sobre todo en las escuelas”.

¿El Estado desconoce toda esta información? No, incluso dentro del Ministerio de Salud funciona el Programa Nacional de Alimentación Saludable y Prevención de la Obesidad.

Desde esta política, se trabaja en la generación de estándares para entornos escolares, en investigaciones sobre etiquetado frontal, en difusión de Guías Alimentarias para la Población, en asesoramiento de proyectos de leyes provinciales y nacionales que tienen que ver con Alimentación Saludable. Y también en la planificación de la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud que, en teoría, pronto se llevará a cabo.

Sin embargo, una cosa es la cantidad y calidad de profesionales trabajando en dependencias oficiales en pos de la salud pública, y otra muy distinta la influencia que tienen las multinacionales.

El poder de lobby fue impresionante –explica Mejía–. El presidente Macri recibió a cenar dos veces al CEO de Coca Cola en Olivos. Y parte del acuerdo de venderle limones a Estados Unidos es por la Coca Cola. Además, el gobierno necesitaba los votos de Tucumán para la Reforma Previsional, y eso se negoció. Una lástima, es una oportunidad perdida y hay que volver a la carga”.

El fin de los bebederos

Hay algunos argumentos que suelen aparecer en estas ocasiones, como el potencial daño que implicaría para las economías regionales, datos que se se saben que no son verdaderos”, agrega Lorena Allemandi, y se remonta 25 años atrás cuando la industria del tabaco también buscaba tapar el sol con las manos. O el veneno con estadísticas o etiquetados.

“Los estudios fueron cada vez más contundentes y en un momento no había forma de refutar que el tabaco era nocivo para la salud. Con las bebidas azucaradas pasa lo mismo. El argumento de la industria de ‘falta evidencia, falta evidencia’ es cada vez menos creíble, porque es muy contundente lo que está apareciendo. Nos estamos envenenando, el daño a la salud está claro. Además hay evidencia científica suficiente para demostrar que la disminución del consumo de estas bebidas reduce la obesidad y enfermedades metabólicas asociadas”.

Y ahí aparece otro de los puntos importantes en esta historia. La educación. Y el Estado, incluso sin impuestos a las bebidas, puede hacer mucho en pos de la salud pública.

Hay que insistir mucho más, porque las bebidas azucaradas son los males de la época”, dice Myriam Gorban, quien si bien reconoce que “desde la Comisión de Alimentación Saludable del Ministerio de Salud se está trabajando muy bien” en diferentes campañas de concientización y proyectos, remarca que todavía hay mucho por hacer de parte del Estado.

Para la creadora de la Cátedra Abierta de Soberanía Alimentaria de la UBA, en ese sentido, es fundamental insistir en el acceso al agua segura. “En las escuelas y en las plazas tiene que haber más bebederos. En Europa hay picos de agua por todos lados; incluso en los restaurantes, antes de que te sientes, ya te ponen una jarra de agua. Y acá eso no pasa, salvo en Rosario, donde está la ‘ley de la jarra’ que obliga a bares y restaurantes a ofrecerte agua de manera gratuita”.

Para Gorban también es fundamental “la implementación de kioscos saludables en las escuelas”.

Soledad Barruti, periodista y autora del libro Malcomidos, coincide  respecto a los bebederos en establecimientos educativos pero tiene otra visión “más fundamentalista” de los kioscos en las escuelas:

Directamente hay que sacarlos, son un invento para darle un espacio a las industrias y que vendan su mierda light en las escuelas. Y sí, hay que poner bebederos. Antes había en todos los colegios, ahora ya no. Se venden gaseosas. Y eso no puede ser. Pero la regulación tiene que venir desde el Estado, sino es el sálvese quien pueda”.

A punto de publicar un nuevo libro justamente sobre la industria alimentaria y la relación con las nuevas generaciones, Barruti se pregunta: “¿Nuestro hijos merecen ser tratados como consumidores desde su infancia? ¿Por qué hay que estar educándolos como consumidores? ¿La única manera de ser persona es ser consumidor? Cuando yo era chica iba al kiosco una vez por semana. Y Coca Cola tomaba sólo en un cumpleaños. El bebedero era donde ibas a tomar agua cuando tenías sed. En el colegio de mi hijo el bebedero es un depósito de detergente, quedaron las bachas ahí y es una asquerosidad. ¿Quién va a tomar agua ahí? Nadie ¿Y quién se va a comprar un agua teniendo plata? Nadie, se van a comprar un jugo o una gaseosa”.

Y también sobre este punto Gorban agrega que “últimamente en los barrios se están consumiendo mucho más jugos en polvo y en sachets, que tienen un alto consumo por su menor precio. A los que se le agregan otros ingredientes o aditivos como los colorantes que afectan aún más la salud de los niños y cuya elaboración tampoco es con agua segura y sin condiciones de higiene adecuadas, lo que los convierte en una ‘bomba explosiva’».

Marketing y efecto fastidioso

Para Lorena Allemandi, que además es miembro de la red ALASS (Acción Latinoamericana Sal o Salud) y de la Coalición América Latina Saludable, es urgente resaltar la gravedad que esto implica para la agenda de salud publica argentina: “Los indicadores nos dicen que nuestra población está cada vez peor alimentada, más gorda, más sedentaria, con más factores de riesgo, como hipertensión, diabetes, y que claramente esto no es un tema individual, que no se va a resolver con una mirada individual, uno a uno, dentro de un consultorio. Esto requiere de una medida poblacional, de un liderazgo desde el Estado”.

En ese sentido, además de impuestos y de limitaciones al consumo en escuelas, hay otras políticas que tampoco se están llevando a cabo: por ejemplo, la de Etiquetado frontal o la restricción del marketing.

Es impresionante el nivel de exposición que tienen los chicos al marketing de alimentos no saludables”, dice Allemandi, quien participó de un estudio que realizó FIC para conocer el impacto que tiene la publicidad en las decisiones que toman madres y padres respecto a los alimentos que le compran a sus hijos.

Enseguida surgió lo que se repite en otros países: el Efecto fastidio, o también conocido como “mamá comprame, mamá comprame”, que genera la publicidad cuando aparece Messi comiendo una papa frita, o el envase de tal producto viene con el personaje de una película.

Los padres en general terminan cediendo ante esos pedidos. “Por eso es tan importante que se restrinja la publicidad dirigida a los chicos pero también se tengan en cuenta todos los mensajes que reciben los padres y cuidadores. Toda la información engañosa que recibimos como consumidores, es alarmante. Y por esto también es importante la política de Etiquetado frontal: que los envases tengan una advertencia clara, muy fácil de entender, para que el consumidor vea y diga ‘ah, esto tiene mucho sodio’, ‘esto tiene mucha azúcar, o mucha grasa’”.

Esas políticas se están llevando a cabo en algunos países, como en Chile, en donde los productos vienen etiquetados con un hexágono negro. Pero, por supuesto, a la hora de implementar este tipo de medidas, que representan avances, o más bien parches, para la salud pública, siempre aparece el lobby de las empresas. Y hoy, en nuestro país, y sobre todo en lo que a bebidas azucaradas se refiere, esa es la política que está primando.

Por: Maxi Goldschmidt | Foro Ambiental

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