La agencia medioambiental de Estados Unidos está al servicio de las grandes empresas petroleras
Desde que Trump asumió, más de 700 empleados de la agencia renunciaron a sus puestos. Son científicos o especialistas que no comparten el brusco cambio de dirección que ha dado la Casa Blanca en temas centrales para el medio ambiente
Tras concretar la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, el Gobierno de Donald Trump ha decidido darle rienda suelta al contaminante negocio de las empresas petroleras y de gas. A lo largo de los últimos meses, la Casa Blanca cumplió con numerosas peticiones del sector energético: desde eliminar importantes leyes destinadas a limitar la polución del agua y el aire hasta desarticular buena parte de los programas ambientales de la anterior gestión.
El Instituto de Petróleo Americano, el lobby de referencia para la industria de los combustibles fósiles, envió en mayo pasado a la Agencia para la Protección del Medioambiente de Estados Unidos una lista de leyes que consideran indeseables e inoportunas para sus negocios. En concreto, destacaron ocho regulaciones. Siete meses después, la Administración de Trump ya eliminó (o retrasó) seis de ellas.
La influencia es clara. Junto a la lista de leyes incómodas para el sector, un alto ejecutivo del Instituto de Petróleo Americano envió una carta pidiendo al Gobierno que alterara las regulaciones para “promover el acceso al petróleo y gas natural a nivel nacional, facilitando el proceso con normativas que sean rentables”. Entre otras cosas, el lobby –que representa a más de 625 empresas de la industria– solicitaba la suspensión de regulaciones en torno a las consecuencias de las fugas de petróleo en operaciones de perforación o la eliminación de medidas que limitan las emisiones de metano y otros gases.
El responsable de aceptar estas presiones es el director de la agencia medioambiental, Scott Pruit, un escéptico del cambio climático que, durante su posición anterior, como fiscal general de Oklahoma, favoreció los intereses del sector energético y llegó a presentar hasta 14 demandas contra la agencia que ahora dirige.
Tal y como hizo en su Estado, Pruitt aboga por reducir y descentralizar la agencia, concediendo más autonomía a cada gobierno estatal para establecer las regulaciones que afectan a la contaminación y las actividades empresariales. En 2011, una investigación de The New York Times reveló que enviaba cartas críticas contra el Gobierno de Barack Obama a petición de grandes petroleras como Devon Energy.
Entre otras de las peticiones que ha cumplido Pruitt se encuentran el retraso de regulaciones para mejorar la seguridad en plantas químicas o la reevaluación de medidas que limitan la contaminación del aire en las plantas energéticas, según un estudio de The Guardian.
“Es evidente que para ellos el petróleo, el gas y la industria del carbón van por encima del pueblo americano, de la salud ciudadana y las organizaciones medioambientales”, afirmó Liz Gannon, exdirectora de comunicaciones de la Agencia.
Más allá de la Agencia Medioambiental, la simpatía hacia el sector energético proviene directamente del Despacho Oval. Trump ha retirado a EE UU del pacto mundial contra el cambio climático y firmado una orden ejecutiva para eliminar las protecciones de contaminación en ríos y fuentes de agua natural. A principios de este mes, el presidente ordenó la mayor reducción de reservas naturales en la historia del país, abriendo la puerta a la explotación de actividades como la extracción del gas y petróleo, la minería o la tala en tierras históricamente protegidas.
El derrotero de la Agencia Medioambiental
Desde que Trump tomó el mando a principios de enero del 2016, más de 700 empleados de la Agencia han abandonado sus puestos. Muchos de ellos son científicos o especialistas que se han desmotivado con la llegada de Pruitt y el brusco cambio de dirección que ha dado la Casa Blanca con respecto a la protección del medioambiente.
Según una investigación de ProPublica y el Times, la Administración también está solicitando acceso a copias de correos electrónicos para detectar funcionarios que se opongan a la visión del secretario y del presidente. El estudio revela que quieren recortar hasta 3.200 puestos de trabajo, un 20% de la Agencia.
La mayoría de los empleados que ya han dimitido, se han retirado o han aceptado paquetes de destitución, no han sido reemplazados; una decisión de la Agencia coherente con la promesa de Trump de reducir el Gobierno federal.
Un ejemplo es el de Ronnie B. Levin, investigadora principal de la contaminación derivada de la pintura y la gasolina. Tras 37 años como empleada, renunció en noviembre, indignada por los cambios. “Esto es lo que quieren. Que la gente sea más dócil y esté más desmotivada con su trabajo en la Agencia”, lamentó.
Fuente: Foro Ambiental / El País