Jane Goodall: De primatóloga a mensajera de esperanza

“Hemos entrado en un círculo vicioso de consumismo y materialismo. Pareciera que el intelecto humano se ha desconectado de nuestros corazones, del amor y de la compasión. Consideramos el éxito en términos de poder y no en cómo las decisiones de hoy afectarán a las generaciones futuras” explica la primatóloga inglesa, devenida en ícono de la conservación Jane Goodall, en la conferencia que realizo en la Usina del Arte en su sexta visita a nuestro país.

 

De ahí su energía para viajar 300 días al año con 83 años de edad: “Siento que tengo una misión y un mensaje que transmitir al mundo que es sumamente importante. Estamos destruyendo el planeta y va a llegar el momento en que sea demasiado tarde” dice Goodall, ni bien comienza la entrevista a cargo del periodista Nino Ramella.

Con su habitual tranquilidad donde sea que se encuentre, Jane viste un traje negro bordeado con flores celestes y un collar con un dije de la silueta de África. Viene acompañada, como de costumbre, por Mr. H, un peluche, que es según la ambientalista, uno de sus símbolos de esperanza: “Me lo regaló un hombre ciego y lo llevo a todos lados hace 28 años. Esta persona, aun con su discapacidad, supo convertirse en mago, en pintor y escritor, e incluso practica skydiving. Él, para mí, representa el espíritu indomable del ser humano y me recuerda que nunca hay que darse por vencido”.

Así y todo, el amigo de Jane cometió un error. “Me regalo este peluche pensando que era un chimpancé, pero ellos no tienen cola. Es claramente un mono”, dice mientras ríe y cuenta que a Mr. H lo han acariciado alrededor de 4 millones de personas alrededor del mundo, ”porque cuando uno lo toca, recibe la inspiración”. Y de eso se trata la misión de Jane: de inspirar. Y aunque su mensaje intenta alarmar, no deja de hacerlo con una mirada esperanzadora hacia el futuro. “Para no caer en la desazón hay que hacer. Mejor dicho: Pensar globalmente pero actuar localmente”.

Por eso fue que creó el programa Raíces y Brotes, hoy llevado a la práctica a través del Instituto Jane Goodall en 141 países del mundo -incluido el nuestro-, y que comenzó hace 25 años con tan solo 12 alumnos en un pequeño pueblo de Gombe, actualmente Tanzania. Se trata de un programa educativo, en el que jóvenes de todas las edades, desde el jardín de infantes hasta la universidad, llevan a cabo proyectos que fomentan el respeto por la naturaleza y la empatía por todos los seres vivos. Y la realidad es que, según expresa Goodall, “ellos ya están cambiando el mundo”.

“Las actividades que realizan no solo los educan sino que fortalecen también su autoestima. Cuando un niño me mira a los ojos y me cuenta que es lo que está haciendo para cambiar el mundo desde su pequeño pero importantísimo lugar, me recargo de energías para seguir con mi misión, y me doy cuenta que tanto esfuerzo vale la pena” expresa la conservacionista.

El programa, por contar con una mirada holística, consta de tres proyectos: uno enfocado en las personas, otro en los animales y un tercero en el ambiente. “Porque es imposible hablar de conservación sino prestamos atención a las personas. Sencillamente, es imposible conservar sin atajar antes la pobreza. Un hombre por desesperación tala un bosque, ya sea para cultivar alimentos o para vender madera, y no se lo puede culpar por ello”.

“Apenas comenzamos este proyecto en los pueblos aledaños a Gombe, lo primero que hacíamos era preguntarles a sus pobladores que era lo que podíamos hacer para mejorar su vida. De a poco les fuimos enseñando a cultivar sin químicos, a planificar su familia, les dimos acceso a becas y microcréditos. Hoy hemos llegado a los 52 pueblos aledaños a Gombe y ellos mismos nos ayudan en la conservación. Lo hacen con mucho orgullo y en muchos casos de forma voluntaria. Buscan trampas de cazadores, han aprendido a utilizar el GPS y monitorear el estado de la selva y de las aves, y están muy orgullosos de ello. Ahora saben qué es lo que ocurre en su propia selva”.

Todo cambio en Gombe tras aliviar la pobreza. “Y ahora estamos haciendo eso mismo en otros 6 países de África”, dice con orgullo Goodall.

La vocera de los animales

Pero si hay algo por lo que se la reconoce especialmente a Jane es por sus estudios de campo en chimpancés y por su interminable lucha por los derechos de los animales: “Salí de la panza de mi madre amando los animales, y tuve la suerte de que ella siempre apoyó mi loco amor por ellos. A los 10 años leía Dr. Dolittle y Tarzán y ya en ese entonces sabía que cuando creciera me iría a vivir a Africa y escribiría sobre ello. Todos se rieron de mí en ese entonces porque era joven, no tenia plata y porque era mujer. Todos menos mi madre. Ella me decía: Persigue tu sueño, aprovecha todas las oportunidades y nunca te debes rendir”.

Quien hoy es mensajera de la paz de la ONU y ha recibido 35 doctorados honoris causa, viajó a Africa con 23 años, sin estudio alguno, y consiguió el dinero necesario para hacerlo trabajando de mesera. Las autoridades de Gombe, entonces colonia británica, no avalaban que una mujer joven se instalara sola en la selva, y fue por eso que su madre se ofreció como voluntaria para acompañarla en un viaje que en teoría sería de seis meses, y que terminó siendo un trabajo de campo de 55 años. Tal es así, que sus estudios no solo fueron los primeros en chimpancés salvajes, es decir, en su hábitat natural, si no que representan uno de los trabajos de campo más extensos en la historia de la ciencia.

“Jamás temí viviendo en la selva, porque siempre sentí que allí era donde tenía que estar. Quizás fui ilusa porque fue una sorpresa para mí conocer el lado más violento de los chimpancés. Entre ellos se pueden dar guerras realmente, incluso entre chimpancés que fueron criados juntos, por eso mismo yo las llamo guerras civiles. Pero incluso nosotros que como humanos hemos heredado esa tendencia violenta, no tenemos excusa para tener ese comportamiento. Nuestro intelecto es sumamente mayor. Somos la especie con el mayor intelecto, sin embargo, la que más se destruye a sí misma y al único hogar que tiene”.

Los escritos de Jane generaron una verdadera revolución en la ciencia, así como una fuerte resistencia del mundo académico, que criticaban el hecho de que, por ejemplo, hubiera puesto nombres a sus objetos de estudio. Logró demostrar a través de sus observaciones que no somos los únicos seres capaces de utilizar herramientas, así como tampoco los únicos en sentir compasión, dolor y miedo.

¿Principal consecuencia? Nada menos que redefinir lo que hasta entonces se entendía por ser humano, entendido como el único ser creador de herramientas. En palabras del reconocido arqueólogo y antropólogo Louis Leakey, también mentor de Jane Goodall: “Ahora debemos de redefinir al hombre, redefinir a las herramientas o aceptar a los chimpancés como humanos”.

“Cuando estudié en Cambridge, luego de mi estadía en África, los profesores explicaban las diferencias entre nosotros y el resto de los animales como atravesadas por una gran muralla. Pero la realidad es que no hay una línea inquebrantable entre nosotros y el resto de los animales. Ellos hacen cosas que nosotras en nuestra arrogancia creímos únicamente humanas. Yo creo que la contribución más importante de mis estudios ha sido demostrar que no somos los únicos seres con personalidades, emociones y mente. Y si bien lo demostré a través del estudio con chimpancés yo ya había aprendido eso de joven, con mi gran maestro, mi perro Rusty”.

“Hoy ya estamos viendo estudios que dicen lo mismo sobre los elefantes, las ballenas, los delfines y los leones. Un estudio en cuervos demostró que ellos también son capaces de utilizar herramientas, lo mismo con los pulpos y las abejas, que son capaces de aprender por medio de la observación”.

Y difícil hubiera sido que Jane, defensora del vegetarianismo, no hablase del consumo de carne. Y no necesariamente desde el punto de vista del sufrimiento animal: “Cada vez se consume más carne y esta se produce de manera intensiva, es decir, gran cantidad de animales apiñados en lugares pequeños y engordados rápidamente. Y aunque su sufrimiento pueda a muchos no preocupar, la realidad es que destruimos nuestro propio hábitat para alimentar a estos animales que luego consumimos, y generamos un enorme desperdicio al transformar la proteína vegetal en proteína animal, porque a estos animales se los engorda a base de cereales aptos para consumo humano. Y por sobre todo está el hecho de que el proceso digestivo de los rumiantes genera enormes cantidades de metano, uno de los gases de efecto invernadero más destructivos y causante del cambio climático”.

Mirando hacia el futuro

“Hay un gran dicho de los nativos americanos que dice que no heredamos este planeta de nuestros padres, sino que se lo pedimos prestado a nuestros hijos. En realidad, a esta altura, ya se los estamos robando”.

¿Las causas de nuestra debacle? “La pobreza, la forma de vida insostenible de muchos de nosotros en los países más desarrollados, y el crecimiento poblacional imparable”. Situaciones que traen aparejadas aquel listado de problemas que ya todos conocemos, pero que parecieran suceder lejos de nuestra realidad. Acidificación de los océanos, deforestación, cambio climático, contaminación, extinción masiva de especies, y la lista podría seguir. Pero ante un panorama desalentador, esta mujer en sus 83 años, que habló lo que nadie hablaba cuando el movimiento ambientalista ni siquiera era tal, dice que “todavía no es tarde”. “Cada uno de nosotros tiene un impacto en el planeta y cada día de su vida puede decidir qué impacto quiere tener”.

“Un gran ejemplo de la toma de conciencia actual sucedió recientemente en Estados Unidos, cuando Donald Trump intentó levantar la prohibición para la importación de marfil”, negocio que ha llevado al borde de la extinción a los elefantes. “La medida levantó tanto revuelvo que el presidente debió dar marcha atrás” expresa Goodall con una leve sonrisa. Y agrega:

“También veo a las redes sociales como una gran herramienta. Las voces de distintas personas del mundo se unen a través de ellas y se hacen escuchar. Las direcciona. El problema con algunos defensores de los derechos de los animales es que son muy agresivos en su accionar, y eso genera que los científicos se nieguen a escucharlos. Para que eso no suceda hay que llegar a su corazón, contarles una historia, algo que les recuerde a su perro de la infancia, a un ser querido. Para llegar a ellos hay que apelar a la emoción y no a la violencia”. Nadie mejor que Jane Goodall representa esa idea.

Y aunque de tanto en tanto su mirada se pierde -¿Estará recordando algo o simplemente se sentirá cansada?- regresa a sí misma con seriedad cuando el entrevistador  le pregunta qué siente que perdió en el camino hacia el ícono que ahora es ella. Y responde: “Básicamente cedí mi vida por esto. No me gustan los hoteles, las multitudes, los aviones, las aduanas. Yo solo desearía estar sola en la selva. La realidad es que existen dos Jane. La que está en frente tuyo hablando con vos, que de niña leía los libros de Dr Dolittle y Tarzán, y está la Jane que es el ícono de National Geographic, y en general debo esforzarme para estar a la altura de ella”.

“Pero no se cuanto tiempo me queda y por eso es que me apuro, siento que todavía tengo que desparramar mi mensaje y el planeta es demasiado grande. No haría tanto esfuerzo si no sintiera que genero un cambio y que ese cambio vale la pena” sentencia la ambientalista cerrando la entrevista.

Tras interminables aplausos de pie, de un público que espero durante horas para participar, Jane se despide vocalizando un saludo de chimpancé. Y se retira con la misma tranquilidad con la que entró al escenario, con la que contestó las preguntas y con la que seguramente se internó en la selva africana rodeada de chimpancés salvajes, aún cuando nadie lo había hecho.

Por: Cecilia Alfano | Foro Ambiental