Eduardo Cerdá: “¿Para qué querés el récord de una porquería llena de agroquímicos? Loco, hacé alimentos sin venenos”

Alimentos sanos, menores costos, cuidado del medio ambiente y nulo uso de agroquímicos. Para Eduardo Cerdá no hay dudas que la agroecología hoy, es la mejor alternativa al sistema agrícola imperante, que ha expuesto los suelos a niveles críticos de fertilidad y salubridad.

“Hay un error en la forma de ver la agricultura: se cree que con los fertilizantes se reemplaza la fertilidad. Y no es así. Es una falsa percepción de riqueza. Es cortoplacismo, nos estamos empobreciendo, porque estamos perdiendo el recurso del suelo. No sé cuánto tiempo tardarán en recuperarse, quizá sean años. La agroecología, en cambio, es un modelo superador que ha dado sobradas pruebas de que produce más y mejores alimentos, y a un costo menor”, afirma Cerdá, cuyo perfil –por suerte– escapa al estereotipo de un Ingeniero Agrónomo de las pampas argentinas.    

Su predicamento fue ganando potencia en los últimos años, en los que notó un creciente interés por la agroecología. Desde que en mayo de 2016 fundó Red Nacional de Municipios y Comunidades que Fomentan la Agroecología (RENAMA), hoy integrada por decenas de distritos y más de 500 productores de todo el país, Cerdá pasa sus días viajando por distintas localidades del interior, en donde reparte su tiempo entre las conferencias y el asesoramiento técnico.


El ejemplo

La chacra La Aurora, de 650 hectáreas, es una de las experiencias más exitosas en Argentina, del sistema productivo que propone Cerdá. Está ubicada en Benito Juárez, al sur de la Provincia de Buenos Aires, y comenzó a gestarse en plena década de los 90 –cuando paradójicamente arrancó el modelo transgénico, la campaña publicitaria y las instituciones del Estado llamando a apostar por él–. Hoy cuenta con un reconocimiento tan notable que fue premiada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) como una de las mejores experiencias agroecológicas de cereales y carne bovina en el mundo.

“Es un camino concreto para salir del modelo perverso que son los transgénicos”, enfatiza Cerdá, que desde 1997 –poco después de la apertura menemista al modelo transgénico– se convirtió en el asesor de Juan Kiehr, propietario de La Aurora.

Desde que comenzaron a trabajar juntos, tuvieron la precaución de tomar nota de todo. Qué cultivaban en cada cuadro, cuánto cosechaban, qué cantidad de vacunos tenían, cuántos terneros cada año, los gastos, los ingresos, todo. Pronto confirmaron que podían vivir sin transgénicos ni agroquímicos y que su rendimiento económico lograría ser muy superior. “Nunca pasamos necesidad, no nos endeudamos, no nos faltó nada”, suele repetir Kiehr.

Durante los últimos diez años, La Aurora produjo un promedio de trigo de 3.100 kilos por hectárea, sólo 200 gramos por debajo del promedio de la zona con manejo “convencional” (campos transgénicos), y un promedio de 100 toneladas de carne por año, con la gran diferencia de un menor gasto en insumos. Los costos directos por hectárea en la zona demanda 350 dólares por hectárea, mientras que acá sólo 100, lo cual explica el margen bruto de ganancias muy por encima que el de campos convencionales.

Además de La Aurora, entre otras experiencias destacadas de Argentina figuran: Naturaleza Viva, una granja de Guadalupe Norte (Santa Fe), en la que en 220 hectáreas trabajan quince familias (por contraposición, en un campo de soja de 5.000 hectáreas trabaja solo una persona) y producen 12.000 kilos de alimentos por mes, La Bonita, un campo de 14 hectáreas ubicado en Saladillo que produce lácteos orgánicos, y La Matilde, un emprendimiento radicado en el Valle de Traslasierra (Córdoba) que genera más de 45 mil kilos de alimentos sin usar ningún tipo de agroquímico, tiene reservorios de agua para acuicultura y un tambo caprino.

“Hoy estamos trabajando en más de 20 mil hectáreas en total. Nunca pensé que iba a pasar esto y el contagio es grande, grande. Uno hace las cosas por muchos motivos. Las puede hacer por plata, bárbaro, allá cada uno, pero creo que se puede hacer algo de plata enamorándose de las cosas. Cuando uno se enamora, viajás a cualquier lado, la plata no importa y ese es el proceso que estamos haciendo, entendiendo que podemos construir una mirada de lo que podría ser y no de lo que es, que es muy duro. Puede ser de otra manera y queremos que se sumen los que quieran. No queremos imponer nada a nadie”, detalla.


El camino

El camino hacia lo que hoy es y representa Eduardo Cerdá se inició con un test vocacional que hizo a los 11 años, en el que le salió “agronomía, veterinaria, esas cosas”. Entonces vivía en La Plata, tenía conejos y pasaba las tardes haciendo experimentos raros. “Me gustaba mucho la química”, recuerda. Sus papás le preguntaron si quería probar en una escuela agraria y él les dijo que sí.

Así fue como terminó en una escuela de Miramar recién inaugurada. Tenía casi 12 años y ya vivía solo de lunes a viernes. “Una locura, pero estaba re feliz. Somos cuatro hermanos y yo soy el tercero, quizá el más andador. Creo que ahí me hice nómade prácticamente. Hice todo el secundario y me di cuenta de que lo mío era agronomía”, cuenta y añade: “La escuela agraria me aportó muchas cosas. Aprendí a vivir solo, a adaptarme. Son lugares en los que a veces no tenés calefacción ni agua caliente en invierno. La adaptación, para mí, es una cualidad de la inteligencia. Cuando me vine a la facultad estaba decidido a ser ingeniero agrónomo”. Desde entonces, comenzó un largo recorrido que, entre búsqueda de conocimiento, estudio e investigación, lo transformó en lo que es hoy; un referente super coherente de la agroecología y la biodinámica. Y un tipo con la agenda “sembrada” de compromisos con la vida, que no para de ir a dónde lo necesiten ni de compartir lo que sabe. Otra cualidad que lo distingue: está dispuesto a escuchar.

Pero a pesar del avance que la agroecología viene mostrando a nivel nacional y de exhibir casos exitosos como el de La Aurora, Cerdá entiende las dificultades que implica proponer proyectos a largo plazo y respetuosos de los ciclos de la naturaleza, en un mundo que para todo exige resultados inmediatos sin medir ningún tipo de consecuencias.

“Es un proceso de enajenación. No hay leyes para proteger el suelo, ni siquiera hay contratos largos que obligarían a los arrendatarios a tener una mirada a más largo plazo. No hay cuidado del suelo. Lo único que se mira es el récord de toneladas de granos, ¡un disparate! ¿Para qué querés el récord de una porquería llena de agroquímicos? Loco, hacé alimentos sin venenos. Que un ministro salga a decir que tenemos un récord de producción me parece aberrante. No entiende nada”.

A nivel nacional, la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes (CASAFE) señaló que el consumo de pesticidas aumentó 858% en las últimas dos décadas, la superficie cultivada sólo en un 50% y el rendimiento de los cultivos un 30% (dato de la Red Universitaria de Ambiente y Salud). En la actualidad, Argentina es el tercer país que más agroquímicos usa en el mundo, detrás de Estados Unidos y Brasil. Pero no sólo eso. De acuerdo el Congreso de Médicos de Pueblos Fumigados, es el mayor consumidor mundial de glifosato, que en 2015 fue clasificado como "cancerígeno probable" por el Centro Internacional de Investigación sobre el Cáncer (CICR, en francés) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“Hace unos 25 años, vino gente de afuera a decirles a los grandes productores, a las asociaciones, que tenían que dejarse de joder con el amor a la tierra y convertirse en empresarios. ¿Qué es ser empresario? Es entender al suelo como una empresa. Hablan de explotaciones agropecuarias… ¿Cómo que una “explotación”? Las palabras, muchachos… explotación es lo mismo que minería, ¿entonces decimos que agricultura es lo mismo que la minería? No pueden ni deben ser lo mismo”, apunta el ingeniero, que egresó de la Facultad de Agronomía y Ciencias Forestales de la Universidad Nacional de La Plata en 1986.

Detrás de los 20 millones de hectáreas del territorio nacional que hoy se destinan al cultivo de soja transgénica, Cerdá afirma que lo que aparece en realidad es un negocio que privilegia la explotación intensiva y la rentabilidad a costa del deterioro de las napas y los humedales, hoy incapaces de hacer frente a las múltiples inundaciones que desde hace tres años azotan a más de la mitad del país.

“La agroecología –remarca– es tener en cuenta y poner en juego todos los procesos ecológicos para producir agropecuariamente. No es una mirada empresarial, es una mirada de sistema, de entender los procesos naturales que funcionan en un campo. Al tener en cuenta todos los procesos, es más fácil cuidarlos. El que dice que fertilizando genera fertilidad, que me perdone, pero está equivocado. Nos hicieron creer eso. Ahora decíselo a Buenos Aires, que está toda inundada. Si hubiera fertilidad, habría más absorción de agua, más retención de agua. Eso es una parte: entender cómo funciona algo tan complejo como es la naturaleza, y cada vez nos acercamos más”.


La educación

En la debacle a la que es sometido el campo, de acuerdo a Cerdá, mucho ha tenido que ver el tipo de enseñanza que se imparte en la mayoría de las facultades de agronomía, cuyos textos hacen foco en la rentabilidad productiva, se alienta el uso de agroquímicos y se omite casi por completo la importancia de la diversidad: “En las facultades, tanto en medicina, agronomía o veterinaria, se hace siempre hincapié en la enfermedad, en cómo diagnosticarla y cómo curarla. Pero no se hace hincapié en la salud. ¿Cómo hacemos para estar bien?”, y agrega: “Lo que no entienden es que un suelo enfermo genera una planta enferma y un animal enfermo. Y esos son nuestros alimentos. ¿Y eso qué genera? Un ser humano enfermo o débil, al que le faltan los elementos para estar bien”.

Cerdá remarca que la agroecología nada tiene que ver con volver a los métodos agrícolas antiguos, como los defensores del agronegocio suelen argumentar para despistar: “No, para nada. No es así. Antes no había siembra directa y nosotros hacemos siembra directa, pero sin agroquímicos. No es una siembra directa drogadicta, viciosa y llena de remedios. Estamos atrás del concepto de la salud”.

Para alcanzarlo es necesario desarrollar una empatía con la naturaleza, como si se tratara de un familiar o un amigo. Así lo predican los principios de la biodinámica, otra práctica agrícola a la cual Cerdá adhiere y también se encarga de difundir: “Es necesario entender que el organismo está vivo y que hay que protegerlo. Hay que cuidar a la Pachamama (“Madre Tierra”), hay que cuidar para curar”.

Fuente: Foro Ambiental (29.09.17)

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