“El agronegocio no contempla ningún derecho social ni bienestar ambiental y aún así es una actividad lícita”

Damián Marino, investigador del Conicet y la UNLP, es uno de los autores del estudio que reveló que Urdinarrain es la localidad con mayor concentración de glifosato en el mundo


Por: Manuel Casado

Foro Revista Nº 35

Nos han impuesto que un determinado auto, casa, televisor es lo que determina una buena la calidad de vida. Por eso en este mundo todo es ya, todo es ahora, todo es rápido

En cada inicio de clases, mientras dicta las materias Química Ambiental e Introducción a las Ciencias Ambientales en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Damián Marino suele hacerles la misma pregunta a sus alumnos: “¿Qué es calidad de vida para ustedes?”.

“Ese es el tema. Desde hace mucho tiempo nos han impuesto a la fuerza que un determinado auto, casa, televisor o demás cuestiones materiales es lo que determina una buena la calidad de vida. Por eso en este mundo todo es ya, todo es ahora, todo es rápido”, responde desde una de las oficinas del Centro de Investigaciones del Medio Ambiente (CIMA), espacio al que representan en la universidad platense.

Damián, que desde hace más de 10 años expone estudios sobre los efectos secundarios de los agroquímicos, no cree en las llamadas “buenas prácticas agrícolas” ni en “el progreso” que suelen prometer las multinacionales. Opina que son conceptos para justificar la explotación intensiva sobre la naturaleza y el uso de productos tóxicos que ponen en riesgo la salud. En otras palabras, el llamado agronegocio, “una estructura comercial que no contempla ningún derecho social ni bienestar del medio ambiente y aún así es una actividad lícita”.

“Se trata de un negocio de la más baja calaña que sólo prepondera avaricia y brutalidad e incluye a las más grandes compañías internacionales, las cuales recaudan millones y millones de dólares y son capaces de presionar al gobierno de cualquier país, de poner y sacar funcionarios”, remarca el biólogo y advierte: “Es la puerta de entrada, y una vez que la abriste luego es muy difícil cerrarla”.

Además de la docencia, Damián también forma parte de las filas del CONICET y es referente del Espacio Multidisciplinario de Interacción Socioambiental (EMISA). Todos los años, su agenda cuenta con viajes a distintas ciudades y pueblos del interior, donde impulsa investigaciones ambientales y brinda conferencias sobre el tema para concienciar y, bien podría decirse, abrir los ojos.

Producto de una de esas “excursiones”, junto a su equipo recientemente logró poner en evidencia el monstruoso impacto que el negocio agrícola dominante tiene en el país, donde se vierten unas 240.000 toneladas de glifosato al año. A través de un monitoreo llevado a cabo en Entre Ríos, revelaron que Urdinarrain es la localidad del mundo con mayor acumulación de este herbicida, que en 2015 fue declarado “probablemente cancerígeno” por el Centro Internacional de Investigación sobre el Cáncer (CICR, en francés), dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“Sabiendo que era un punto estratégico del modelo agricultor, comparamos los resultados de las muestras y, luego de compararlas con informes internacionales, detectamos que los niveles de herbicida de Urdinarrain eran los más altos de todos”, cuenta Damián, que supo compartir investigaciones con Andrés Carrasco (1946-2014), el célebre médico argentino que desafió a la comunidad científica y al establishment político-empresarial al denunciar los efectos nocivos del uso de glifosato en cultivos transgénicos cuando nadie lo hacía.

Pero la gravedad del hallazgo incluso es mucho más compleja de lo que parece. Damian explica que “lo que ocurre con Urdinarrain es que no se trata de un caso aislado, sino un ejemplo de lo que pasa en muchas partes del país. Si el trabajo se hacía en cualquier otro pueblo fumigado, el resultado hubiera sido muy parecido, porque no se trata del lugar sino del modelo de producción”.

En total, se constató el estado de quince campos de la localidad para evaluar el nivel de impacto de las fumigaciones. Fue así que, ni bien los resultados indicaron que había restos químicos de hacía por lo menos seis años atrás, comprobaron lo que sospechaban: las moléculas del herbicida no eran biodegradables como juraban desde la industria química, sino pseudo-persistentes.

“Esto quiere decir que las concentraciones en los suelos no son recientes sino históricas. No provienen del último mes sino de los últimos años”, detalla y añade: “Cada cinco veces que pasa la máquina fumigadora, se acumula en ese suelo un miligramo por kilo de glifosato, un porcentaje tan alto que es capaz degradar por completo a los microorganismos naturales que se encargan de limpiar los suelos”.

En la actualidad, ocho de cada diez verduras y frutas tienen agrotóxicos. Así lo afirmó una investigación realizada por la Universidad Nacional de La Plata que también Marino encabezó. Se analizaron verduras de hoja verde, cítricos y hortalizas. El 76,6 por ciento tenía al menos un químico y el 27,7 por ciento de las muestras tenía entre tres y cinco agroquímicos. “La variedad de plaguicidas es muy grande. Y el cóctel de químicos es muy fuerte”.

Comprobado: las moléculas del herbicida no eran biodegradables como juraban desde la industria química, sino pseudo-persistentes

A nivel nacional la primera causa de muerte son los problemas cardiovasculares. En los pueblos rurales en cambio, un tercio de las muertes llega por alguna forma de cáncer, lo que representa un 50% más que en el resto del país.

Retrospectiva personal


Oriundo de San Nicolás, Damián Marino creció en una casa donde la política se respiraba de manera intensa. En su formación, mucho tuvo que ver su padre, quien fue un referente gremial muy importante de la ciudad allá por la década de los ochenta.

“Yo de chico jugaba en la CGT, y acompañaba a mi papá a realizar pintadas por la calle. Él tuvo que dejar el sindicalismo luego de que amenazaran de muerte a la familia. Aunque eso no era luchar contra los plaguicidas, me enseñó a vivir en un contexto de lucha permanente”, valora.

Esa crianza fue una semilla, el primer paso que lo acercó a lo que hoy cree y representa. El segundo, y más trascendental, se produjo en su querida Universidad de la Plata. Fue una tarde, hace muchos años, que una mujer de un barrio periférico de la ciudad se le acercó y le pidió que la ayudara porque el terreno donde sus hijos jugaban al fútbol, de la noche a la mañana, había sido fumigado para destinarlo a una siembra de soja.

“En ese momento –recuerda– mi respuesta fue la más estúpida. Es decir, la ortodoxa. Como la mujer tenía una botella de agua con la que había logrado tomar una muestra de la sustancia de la fumigación, le dije que necesitaba mandar un correo al laboratorio y que de ahí le iban a dar un presupuesto para hacer los análisis”.

Entonces, mientras la señora, que cargaba un bebé en sus manos, lo escuchaba perdida ante los pasos burocráticos, llegó el clic en Damián: “Me dije internamente ‘soy un estúpido’. Ahí fue que le pedí la botella e hice el análisis en el laboratorio. A los 10 minutos volví y le conté que era una mezcla de glifosato y clorimuron. Me lo voy acordar por el resto de mi vida. Ahí entendí la importancia de la voluntad, la decisión y el rol que uno tiene que cumplir en el marco de una universidad pública”. Tiempo después, ese caso sería tomado para la conformación de una ordenanza sobre la regulación de las fumigaciones en las afueras de La Plata.

Salir del pozo


“Vos hoy tenés tres grandes negocios internacionales: agricultura, minería y farmacéuticas. Eso domina el mundo y son las bases de los grandes volúmenes comerciales. Mantienen un discurso en el que se venden como mejora necesaria para la calidad de vida de la población, pero en realidad es para sostener guerras, economías subdesarrolladas y mercados cautivos”, manifiesta Marino.

La fumigación de los pueblos agrícolas es una modalidad que se fue insertando a gran escala en Argentina hace ya más de dos décadas. Precisamente en 1996, año en el que Felipe Solá, como secretario de Agricultura de Menem y Cavallo, firmó la autorización de la soja transgénica resistente al glifosato, impulsada por la multinacional norteamericana Monsanto, con la idea de “revolucionar el campo”. A partir de ese discurso, comenta Marino, y de las promesas de mejorar las economías regionales fue que los grandes terratenientes y las multinacionales encabezaron el salvajismo ambiental que hoy vemos en todas las regiones rurales como Urdinarrain.

De acuerdo a la La Red de Médicos de Pueblos Fumigados, en los pueblos rurales una de cada tres personas muere de cáncer, mientras que en el resto del país es una cada cinco. Es decir, en las regiones agrarias, hay entre un 40 y 50 por ciento más de fallecimientos a causa de esta enfermedad. Urdinarrain no es la excepción. De hecho, a principios de 2017 se constataron la presencia de unos 200 casos de tumores diagnosticados. Sus habitantes, sin embargo, ahora no parecen dispuestos a callar.

Lejos de aumentar los problemas, el estudio sobre el glifosato logró que esta localidad entrerriana de 12 mil habitantes rompa con sus propias cadenas. Además de convocar a protestas masivas contra las fumigaciones, hizo que la concientización ambiental calara hondo en una parte importante de los vecinos.

“Aunque enfrente hay todo un negocio fenomenal que recaudan millones y millones de dólares por año, que es capáz de presionar a cualquier gobierno y que acude al marketing para maquillar las salvajadas que comete, en Urdinarrain hubo un antes y un después porque se destapó una olla a presión. Se produjo un revuelo social altísimo que llevó a la gente a organizarse y capacitarse, realizar charlas y exigirle mejoras al Municipio”, subraya el biológo.

Aunque aún queda mucho camino por recorrer, el tema del cuidado del medio ambiente ya no ocupa un espacio secundario en las luchas sociales y cada vez moviliza a más personas. Para Damián, este “despertar” responde a un denominador común: los jóvenes. A diferencia de los de su generación, dice, los actuales cuentan con una libertad de expresión que antes no se contemplaba y no dudan en cuestionar mandatos preestablecidos.

“Estamos un contexto en donde la democracia es una firme realidad, y no algo por lo que hay que pelear para tener como en el pasado. Donde las universidades ya no se ven como solo como un lugar para ‘convertirte en alguien’, sino que son un espacio de transformación. Y en donde hay causas muy presentes como la de los derechos humanos o la feminista”.

Un paradigma de esta transformación, hoy también se manifiesta en el crecimiento de la agroecología, “una práctica sustentable que genera ganancias respetando los ciclos de los bienes naturales, asegura rotaciones de cultivos, sin usar plaguicidas y preservando la competencia de los organismos vivos que intervienen en los ecosistemas”. En ese sentido, el mensaje está claro para Damián: “El cambio debe producirse de abajo hacia arriba. Caso contrario, todo seguirá igual o peor”.

Foro Ambiental

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