América Latina: el agronegocio no necesita campesinos para hacer dinero

Según la FAO, en las ultimas décadas la industrialización de la agricultura condujo a una drástica explotación de los campos y a una disminución de los pequeños productores rurales

 

América Latina y el Caribe concentran el 12 por ciento de los suelos cultivables del planeta y un tercio de sus reservas de agua dulce. Pero a pesar de estas asombrosas características, la seguridad alimentaria de la región está cada vez más amenazada por los procesos de degradación de la tierra y los éxodos rurales que ha ocasionado la industrialización de la actividad agrícola.

Así lo afirma la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Durante los últimos 50 años, la superficie agrícola de la región aumentó de 561 a 741 millones de hectáreas, con una mayor expansión en América del Sur que fue de 441 a 607 millones de hectáreas. Ese incremento trajo por lo general el uso intensivo de agroquímicos y transgénicos que incrementaron la deforestación, la degradación de suelos y el agua, y redujeron la biodiversidad.

“A medida que los suelos se degradan, la capacidad de producir alimentos se reduce, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria”, explica Jorge Meza, oficial forestal de la FAO, desde su oficina regional en Santiago de Chile.

Catorce por ciento de la degradación mundial de los suelos ocurre en esta región. La más grave se encuentra en Mesoamérica, donde afecta a 26 por ciento de la tierra, mientras en América del Sur se sitúa en 14 por ciento.

Según Meza, la degradación de los suelos depende de factores como la gravedad y extensión de la degradación, la dureza de las condiciones climáticas, la situación económica de las poblaciones afectadas y el nivel de desarrollo nacional.

En ese sentido, el especialista explicó que la primera reacción de una población que intenta sobrevivir es intensificar la explotación ya excesiva de los recursos naturales más accesibles, mientras que la segunda es liquidar todo lo que posee como equipos, inclusive para encarar las necesidades monetarias para la educación, la salud o una crisis de alimentos.

“Luego hay un tercer paso que es el rápido aumento de la emigración rural: los varones adultos o los jóvenes de ambos sexos emigran por temporadas o durante años en busca de trabajo a otras regiones del país (especialmente a las ciudades) o al exterior. Estas estrategias de supervivencia suelen conllevar la ruptura de la comunidad y a veces de la familia”, completa.

De acuerdo a la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), en la región hay cerca de 28,4 millones de migrantes internacionales que representan cerca de 4,8 por ciento de su población, de 599 millones de personas. América Central, puntualmente, es el área que más contribuye a este número con cerca de 15 millones de migrantes que representan el 9,7 por ciento de su población (161 millones de personas).

“La perspectiva es que a medida que se incremente el cambio climático y no se mejore la resiliencia de las poblaciones rurales, sobre todo las que se encuentran en situación de vulnerabilidad, estas cifras se podrían incrementar de manera importante”, advirtió Meza.

Cada vez menos familias en los campos

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) define a los “migrantes ambientales” como las personas o grupos de ellas que se ven forzadas o eligen dejar sus poblaciones por los cambios repentinos o progresivos en el entorno que afectan sus modos de vida.

Pero para André Saramago, consultor de FAO para el Desarrollo Territorial Rural, la migración rural tiene una multiplicidad de causas como la pobreza, la falta de oportunidades y en algunos casos, como sucede en los países del llamado Triángulo Norte Centroamericano (Honduras, El Salvador y Guatemala), la violencia criminal. A esos elementos, agrega, ahora también se incluye la vulnerabilidad de los hogares ante fenómenos climáticos, como sequías cada vez más intensas y frecuentes.

“El ciclo vicioso a qué se refieren tiene así mucho que ver con el rezago histórico de las zonas rurales latinoamericanas, donde la vulnerabilidad ante fenómenos climáticos se suma a otros factores de vulnerabilidad que ‘empujan’ la gente a migrar, simplemente porque no hay oportunidades y porque lo que antes era su actividad principal, la agricultura, ya no les permite sobrevivir con dignidad”, explica el experto.

En busca de la sostenibilidad

Para revertir este fenómeno, Meza sostiene que hay que administrar las tierras de una manera sostenible, evitar la degradación y promover su recuperación. Pero eso solo no es suficiente. También, indica, “es fundamental generar inversiones estratégicas en las zonas rurales en el sentido de generar bienes públicos que permitan a los agricultores, principalmente los agricultores familiares, superar sus limitaciones históricas”.

Desde la FAO consideran que la pobreza rural se refleja también en la falta de acceso a los recursos tierra y agua. “Los agricultores pobres tienen un menor acceso a la tierra y al agua, trabajando suelos de mala calidad y con una alta vulnerabilidad a la degradación. Un 40 por ciento de las tierras más degradadas del mundo están en zonas con elevadas tasas de pobreza”, manifiesta Meza.

En la actualidad, existen numerosas experiencias que integran producción y conservación de la biodiversidad, en particular, sistemas agroalimentarios indígenas y tradicionales de producción, agricultura familiar, conservación de la agro-biodiversidad, así como manejo de recursos compartidos y protección de recursos naturales, que aportan una metodología y sistematización de prácticas y enfoques.

La situación en Argentina

Argentina ocupa más de 80 por ciento de su territorio en actividades agrícolas, ganaderas y forestales. La erosión es más aguda y crítica en zonas áridas y semiáridas que componen las dos terceras partes del territorio, allí donde la pérdida de productividad se traduce en el deterioro de las condiciones de vida y expulsión de la población.

“Actualmente muchos agricultores en el mundo y en Argentina están aplicando el sistema de riego por goteo, que debería generalizarse en todo el mundo y que los gobiernos deberán tenerlo como política de estado, ayudando con préstamos blandos a los agricultores para su instalación. Mediante este sistema se consiguen ahorros de hasta un 50 por ciento del agua, en comparación con el sistema tradicional”, relata Norberto Ovando, presidente de la Asociación de Amigos de Parques Nacionales de Argentina y miembro de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas.

También consideró que se debe popularizar el sistema de producción de alimentos limpios, muy variados y productivos conocidos como “sistemas de policultivos agro-acuícola-ganaderos integrados”; actualmente muy difundidos en Asia.

Pero para Ovando lo fundamental es la instauración de políticas públicas que promuevan el apoyo a la agricultura familiar y fortalezcan el empleo rural. “Se podría afirmar que en América Latina y el Caribe el hambre no es un problema de producción, sino de acceso a alimentos. Por esto la seguridad alimentaria está relacionada a la superación de la pobreza y la desigualdad”, concluye.

Fuente: Foro Ambiental / IPS Noticias